
«Seamos señoras amargadas para siempre, por favor», he escrito en un mensaje instantáneo a unas amigas. Pero es que menudas amigas. Y menudas señoras. Después de ese mensaje han ido sucediéndose otros, cada vez más delirantes, exagerados y divertidos. Y he terminado diciendo: «tengo que escribir un artículo sobre la palabra “señoras”». Y aquí estoy, sin saber muy bien cómo, pero teniendo muy claro qué.
Hace tiempo, en una campaña maravillosa que organizó la Escuela de Escritores, nos pidieron que eligiésemos nuestra palabra favorita. Yo dije «maraña». Podría haber sido peor, podría haber dicho «alféizar». Por entonces tenía un blog que se llamaba La Maraña y posiblemente mi cabeza era un revoltijo de hilos (en esto no he cambiado mucho, la verdad). Mi hijo siempre me lo recuerda porque hasta salí en la tele diciendo la palabreja de marras. Si me lo preguntaran ahora, hoy, sería distinto.
Señoras.
Así, en plural.
En femenino.
Señoras.
Esa sería mi palabra.
Hay muchos términos que tienen carga positiva en masculino y negativa en femenino (zorro/zorra, sin ir más lejos), pero me atrevería a decir que «señora» es uno de los pocos casos en los que ocurre justo lo contrario. «Señor» puede resultarnos anticuado, con cierto olor a naftalina y hasta un poquito de caspa sobre los hombros. Y no es que la palabra en sí tenga esas connotaciones, es que se las hemos añadido. Esa es la magia de la lengua.
Puede que hace unos años «señora» fuese un término clasista, algo que podía utilizarse para marcar una frontera entre las mujeres de una clase y las de otra. Despectivo, cuando la clase menos privilegiada se refería a la que sí gozaba de privilegios, envidioso o admirativo, si el contexto era el de la elegancia. Frontera, en cualquier caso. Un lugar al que no siempre es posible llegar. «Señora se nace, no se hace».
Las palabras nunca deberían ser frontera.
También «señora» significaba «mayor». Y sabemos de sobra la invisibilidad de ser mujer y mayor. Por eso a un «siéntese, señora» en el metro respondíamos con agradecimiento y a la vez con la pena de quien asume que se fue su tiempo. Hoy, en cambio, oigo nombrarse señoras a chicas de cualquier edad, en cualquier contexto. Con orgullo. Como parte de una reivindicación que ha esperado demasiado tiempo y que ahora, al fin, es imparable.
Pero mi palabra, la palabra que elegiría, es el plural, porque «señoras» es luz, es fuerza, es amistad. Existen los nombres colectivos, esto lo estudié en el colegio. Nombres que reúnen en un singular una colección de seres u objetos parecidos (algo así creo que era la definición). De pequeña pregunté muchas veces si «arena» era un nombre colectivo, porque se refería a un conjunto de granos todos igualitos, y nadie me respondió con rotundidad ni en un sentido ni en el otro. La verdad, me lo sigo preguntando, pero es que ya de pequeña me preocupaban mucho las palabras y quería saberlo todo, entenderlo todo. «Señoras» es plural, pero es también colectivo. Un colectivo paradójico (también me gusta inventarme términos y categorías), porque ser señoras es ser cada una de nosotras, pero serlo juntas. Y por eso me gusta tantísimo la palabra. Porque soy una orgullosa señora, feliz siempre de formar parte de un «señoras». Y ha sido ahora, con más de cincuenta, cuando he descubierto el verdadero significado de la palabra.
Mis mejores amigas son señoras. Mis mejores señoras son amigas. Y esa es una doble suerte de la que no todo el mundo puede presumir. Somos nudos de una red enorme, únicas y a la vez parte.
Llamémonos señoras. Celebremos que lo somos.
Fantástico!!!
Yo tengo todavía presentes las connotaciones negativas, pero me encanta el sentido que tú le das y que existe, es verdad. ¡Gracias por hacerme reparar en él, Chiki!
Gracias a ti, Olalla. Ya sabes, las palabras en sí no son buenas o malas, somos nosotros quienes las cargamos.
Besos